Nos gusta mirar.

Nos gusta mirar.

Perdón. Qué digo mirar.
Nos gusta pisar. Joder, menospreciar y poner el dedo en la llaga. El dedo, la viga, la paja y hasta el BMW Serie 5, si se atraviesa, en el ojo del vecino.

Lo sé, lo sé. Nada nuevo bajo el sol.

No teman, no vengo a tirar el rollo acerca de las bondades de las redes sociales y demás evangelización tecnócrata.
Que de frailes de misa y olla ya tenemos suficiente. Echen, si no, un vistazo a la blogosfera.Un lodazal apestado de gurús, SEO´s, visionarios y telepredicadores del pixel, esos que se empalman, un día sí y otro también.

Quizás cambien los formatos. Pero las personas, me temo, no cambian una mierda.
No cambian los miedos ni las esperanzas. Ni cambia lo que nos hace palpitar ni los motivos para abandonar.
Tu madre leía Quien y tú “The Sartoralist” en tu móvil. ¿Qué pinche diferencia hay?

James Stewart, miserias y una Leica.
Quien ve en este filme solo una diversión, se parece mucho a su protagonista, que se contenta con observar la vida de los demás, desde lejos, para evitar examinar la suya propia”.

Son palabras de Sir Alfred Joseph Hitchcock acerca de esa incuestionable obra maestra llamada “La ventana indiscreta“.
Hitch, ese gordito retorcido y genial, nos lanza el madrazo disfrazado de arte:
Participamos de la vida de los demás porque no tenemos una.
Llámenlo patio de vecinos, pasillo, mirilla, Facebook, Flickr o Twitter.

Nunca hemos tenido tan fácil asomarnos a la vida de los demás.
Nunca hemos tenido tan fácil no vivir la nuestra.

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