Adaptar, adoptar, epístola, Bishop y Lowell

Los poetas Elizabeth Bishop y Robert Lowell mantuvieron durante 30 años un intercambio epistolar de antología, o de obra teatral si me apremia a reconocer que antología no es necesariamente lo adecuado a la serie de 800 páginas de correspondencia entre ambos.

Ante la ausencia de inspiración, o mejor dicho, de remitente en contraparte pero sobre todo porque lo rescato de la edición de enero de Letras Libres haré una versión libre de algunos de los fragmentos que se rescatan de esta relación, ideas reconstruidas de ellos -aunque al final no hay nada nuevo- pero que ambos me sientan bien por su cercanía, él entre Nueva York, Boston y Londres, siempre terminando y comenzando un poema o comenzando y terminando con una novelista. Ella en Brasil, emparejada con una arquitecta pero tal vez amándolo a él, alcohólica, depresiva, reservada, ambivalente. ¡Ah! por cierto, él maniaco hasta la hospitalización, por salud y por razón. 

Se admiraron, se dedicaron poemas y se amaron a través de la poesía.

Lowell aficionado a la pesca veía en todos los peces símbolos y ella le respondió: ¿Cuando empezaré a escribir verdaderos poemas?

¡Me temo que voy a pasarme la vida extrañándote!, recordando él uno de los momentos de mayor intimidad, incluso amoroso, a lo que Bishop, de alguna manera manifestó: Cuando escribas mi epitafio, di que fui el ser más solitario que vivió nunca.

Lowell lo pensó en el ’63, hoy lo adopto; quiero vivir hasta sentir que casi he aprendido, por fin, lo suficiente y sentirme listo para nacer de nuevo.